La Biblia me enseña cómo tener una buena vida, una vida feliz, una vida larga, que es uno de los anhelos que tenemos. Salmos 34:12-14 dice así la Palabra: “¿Quién es el hombre que desea vida, que desea muchos días para ver el bien? Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño. Apártate del mal, y haz el bien; busca la paz, y síguela” (RVR1960) / “¿Quieres vivir una vida larga y próspera? Dejen de hablar mal de otros, de andar diciendo mentiras; aléjense del mal y hagan lo bueno, procuren vivir siempre en paz”. (Nueva Traducción Viviente - NTV).
El secreto de vivir bien la vida, no es un secreto. Es una realdad evidente: todos anhelamos una existencia plena y longeva. Pero cuando miramos la Palabra del Señor, encontramos a David escapando de la muerte. Él escribe este salmo en un momento de crisis extrema, cuya historia encontramos en 1 Samuel 21:12-15, cuando tuvo que fingir demencia ante el rey Aquis de Gat para salvar su vida. La Biblia dice que David “cambió su manera de comportarse delante de ellos, y se fingió loco entre sus manos, y escribía en las portadas de las puertas, y dejaba correr su saliva por su barba” (RVR1960). Literalmente recurrió a todo lo humanamente posible para aferrarse a la vida, demostrando cuánto amamos la vida.
Desde esa profunda experiencia, David reflexiona en el Salmo 34 y nos confronta con una pregunta vital: "¿Quién de nosotros quiere vivir y disfrutar de una buena vida?". Ahí es donde el salmista nos sacude el alma y nos enseña que no se trata simplemente de existir, sino de saber vivir.
A veces estamos llevando una vida que no es sana, ni correcta, ni se acerca a lo que verdaderamente llamamos una "buena vida". Y lo curioso es que David no nos dice: "Si quieres vivir bien, cuida tus finanzas, acumula riquezas o alcanza el poder". ¡No! Él nos confronta con el carácter espiritual de nuestra existencia. Se mete en terrenos tan profundos que uno dice: "Tal vez nunca lo había mirado desde esa perspectiva”. Él nos habla del poder de nuestra boca, nos urge a apartarnos de la maldad y nos desafía a vivir en paz. Son las preocupaciones, la ansiedad y las tensiones internas las que empiezan a destruir tu cuerpo, tu mente y tu corazón, haciendo que toda tu vida se marchite.
Y aquí surge una pregunta con la que quiero sacudir tu corazón: ¿Qué tan cerca estamos de Dios hoy? Puede que estemos muy cerca del dinero, del poder, de las propiedades o de los logros terrenales; pero la verdadera pregunta es: ¿qué tan cerca estoy del Creador?
Una larga existencia es hermosa, siempre y cuando sea una buena vida. Vivir muchos años sumido en la tristeza, el aburrimiento, la enfermedad o la amargura no es una bendición, ¡es una tortura y una maldición! Cuando Jesús habita en el corazón, todo cambia. No te estoy ofreciendo la falsa expectativa de una vida perfecta y libre de aflicciones; te hablo de una vida en la que, al tener a Cristo dentro de nuestro corazón, sabremos exactamente cómo encarar las tormentas. En lugar de permitir que los problemas te derriben y te destruyan, tú vas con fe y te postras ante la cruz, entregándole a Él toda tu carga.
Esa es la gran diferencia entre el que solo tiene dinero y el que tiene a Dios; tú y yo tenemos al Señor, y sabemos con absoluta certeza que para Él no hay nada imposible. Esa es la diferencia entre el que confía en el poder humano, en las influencias o en las alianzas políticas, y aquel que camina de la mano de Dios. Si anhelas disfrutar de una vida plena, fuerte, renovada y rebosante de entusiasmo, hoy te convoco a correr hacia una vida espiritual sana.
Por tal razón, nadie alcanzará esa vida bendecida basándose únicamente en la oración; la clave definitiva está en la obediencia. Muchos creen que basta con pasar horas orando o exhibiendo una religiosidad superficial, pero la Palabra del Señor es categórica en Santiago 1:22: “Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos” (RVR1960). Cuando decidimos obedecer de corazón, es ahí cuando dejamos las palabras atrás y empezamos a caminar firmes en Su verdad.
El poder de las palabras
Algo contundente que nos enseña el salmista es esto: "Si quieres tener una buena vida, tendrás que cuidar la boca". Si no frenas lo que dices, las palabras que salen de tu boca inevitablemente van a causar estragos irreparables. Si empezamos a lanzar palabras hirientes, incorrectas y destructivas, alteramos ese diseño. Cuando en medio del conflicto recurrimos a frases como: "Bruto", "tonto", "no sirves para nada", "nunca debí casarme contigo", "es que mi mamá me lo advirtió, eres un bueno para nada" o "el día que te mueras no te voy a llorar"... todas esas palabras no solo maldicen tu propia vida, sino que destruyen el alma de los demás. Por eso, la Palabra del Señor es tan radical en Proverbios 18:21 al advertirnos: “La muerte y la vida están en poder de la lengua, y el que la ama comerá de sus frutos” (RVR1960).
Esto es exactamente lo que provocamos cuando le lanzamos ráfagas de amargura a un hijo o a nuestra pareja. La Biblia nos confronta: "¿Quieres vivir bien y disfrutar de largos días?". Permíteme sumarle algo más a esa pregunta: ¿Quieres tener un matrimonio sólido? ¿Quieres ver a tu familia unida? ¿Anhelas que tus hijos te respeten, que en tu hogar te amen y que al llegar a casa corran a abrazarte? Entonces, empieza por gobernar tus palabras, especialmente en los momentos de ira. No fuimos llamados a destilar veneno ni a descargar basura sobre los seres que amamos. El momento de crisis es para ir a derramar nuestro dolor y nuestra frustración, pero de rodillas delante del Señor; allí, en Su presencia, nuestro lamento no le hace daño a nadie. Cuida tu boca y tu vida será mejor; cuida tu boca y el entorno de tu familia cambiará; cuida tu boca y te vas a ahorrar una cantidad inimaginable de problemas. Qué desastre tan terrible provocan las palabras descontroladas en nuestra vida, y es precisamente por ahí por donde debemos comenzar a corregir.
- 1.Frenar la lengua
Si quieres vivir bien y anhelas disfrutar de una larga existencia, el secreto comienza justo aquí: Tenemos que refrenar la lengua. Volvamos a la instrucción de las Escrituras en el Salmo 34; el consejo es claro y directo: "Guarda tu lengua del mal, y tus labios de hablar engaño". Dios no anda con rodeos; si de verdad queremos una buena vida, el punto de partida es erradicar el chisme, la crítica, la maledicencia y la mentira de nuestro vocabulario.
La boca es el espejo del alma. Uno puede intentar camuflar o esconder lo que lleva por dentro durante un tiempo; podemos fingir en el corazón o en la mente, pero tarde o temprano, la boca nos va a delatar. Lo que guardamos en lo más profundo del ser terminará saliendo a la luz, porque la boca siempre revela lo que el corazón intenta ocultar. El mismo Jesús lo dejó establecido con una fuerza impresionante en Mateo 12:34: “¡Generación de víboras! ¿Cómo podéis hablar lo bueno, siendo malos? Porque de la abundancia del corazón habla la boca” (RVR1960).
Así que ninguna palabra sale por azar; no es un simple "se me escapó" o "me equivoqué". Es verdad que hay temporadas de profunda crisis o dolor donde el alma se desahoga, como lo hizo Job 7:11 cuando exclamó en su angustia: “Por tanto, no frenaré mi boca; hablaré en la angustia de mi espíritu, y me quejaré en la amargura de mi alma” (RVR1960). Pero una cosa es derramar el quebranto ante Dios y otra muy distinta es andar con la boca suelta difamando, murmurando y lanzando veneno contra el prójimo. Al hacer eso, no solo destruimos a quienes nos rodean, sino que marchitamos por completo nuestra propia vida espiritual.
Pensemos en lo que brota de nuestro interior cuando un hijo comete un error qu...

